miércoles, 16 de marzo de 2016

Los garrotazos del péndulo

El mundo, con sus modas e ideologías, viene y va, nadie lo duda, pero cada vez que llega a un punto de inflexión y se da la vuelta, todo el mundo parece sorprenderse, como si en vez de un fenómeno esperable fuese una traición a la trayectoria prefijada.

En la sociedad actual todo se acelera. Se acortan los plazos y se abrevian las caducidades. ¿Qué tiene de extraño que el efecto péndulo tarde diez o veinte años en recorrer el trecho que antes recorría en cincuenta?

En medio mundo, en Occidente sobre todo, parece que estamos de regreso. Se acabó el buenismo. Se acabó el callar por el miedo al qué dirán, y si no se acabó, al menos hay indicios de que  los más ágiles han olfateado ya esa posibilidad y buscan el modo de sacarle partido. Porque en todas partes, creo que, tarde o temprano, alguien aprovechará el movimiento pendular contra la tiranía de lo políticamente correcto.

Me da igual que hablemos de Alemania y sus problemas históricos con la opinión sobre el distinto o los EEUU con su inmencionable división en clases sociales.  Ni Alemania es tierra de acogida ni los EEUU una nación sin clases sociales, por mucho que esos temas hayan sido tabús durante décadas.  Cuanto más se empecinen las fuerzas de lo establecido en hurtar del debate los temas que de veras interesan a los ciudadanos, más aumentará la presión para llevarlo al centro de la agenda. En Alemania se hablará de inmigración, aunque a los políticos de siempre les guataría hablr de subidas o bajas de impuestos. En EEUU se hablará de ricos y pobres, de regiones deprimidas y de razas, aunque al aparato de los partidos le gustase más hablar de Al Qaeda o de la sanidad de Obama.

 Y cuanto más nos empeñemos en crear figuras legales estúpidas y represoras, como la apología del no sé qué, o la incitación del odio al no sé cual, más quedará en evidencia que nos toleramos por imperativo legal, no porque vivamos en una sociedad realmente tolerante.

Cuando la gente cree una cosa porque se prohíbe dudar, o acepta un fenómeno porque se impide enfrentarlo, siempre, invariablemente, surge quien aprovecha ese margen de demanda.

Y entonces, nos sorprendemos. Pero no es culpa del ratón: es culpa del agujero en la pared.



domingo, 25 de enero de 2015

Por si os olvidabais: los sindicatos se enriquecen con los EREs

Dentro del inmenso teatro en que se ha convertido en este país, regido por chorizos hablantes de la neolengua, quizás uno de los más sangrantes vodeviles es el de lo sindicatos y y su defensa de los trabajadores.

No basta ya con la acusación de que para un sindicato la definición de trabajador pasa por aquel empleado que da derecho a la parte proporcional de un liberado, sino que resulta que cuando hay despidos masivos los sindicatos se enriquecen en la misma y justa medida en que aumentan esos despidos.
La cosa funciona del siguiente modo: cuando se plantea un ERE, los trabajadores acuden al servicio de ayuda jurídica del sindicato, y allí se les cobra una cantidad fija de entre 150 € y 400 € por gestionarles su casa, y además se firma una cláusula por la que el sindicato se llevará entre el 10% y el 15 % de la indemnización que reciba el trabajador por encima de los 20 días por año trabajado.

En principio, se trata de un incentivo para que los sindicatos consigan indemnizaciones mayores, pero en la práctica se trata de un modo de engrosar las arcas del sindicato, puesto que las empresas ya dan por hecho que tendrán que pagar cantidades superiores. Así, cuando se ha acordado por ejemplo una indemnización de 35 días pro año trabajado, el sindicato va a ganar mucho más dinero si los despedidos son 500 que si son 300. Y hablamos de cantidades realmente abultadas.

Este mecanismo lleva a que los sindicatos, es cierto, se partirán la cara por aumentar las indemnizaciones, peor no moverán un dedo, antes lo contrario, por reducir el número de despidos.

Con esta jugada los sindicatos se han embolsado desde 2007 alrededor de 400 millones de euros. ¿Cómo demonios puede esperar nadie que haya más movilización social de la que hay en estas condiciones?

Un caso: en el ERE de Telefónica, la empresa propuso inicialmente despedir a 6400 trabajadores. ¿Y qué ocurrió? Que aumentó las indemnizaciones y acabó despidiendo a 8500.

Cuando se pregunta sobre esto a los sindicatos responden, cómo no, que el procedimiento no afecta para nada a su voluntad de defender a los trabajadores, pero creo que ya estamos mayores para escuchar chorradas.  Si el que te tiene que defender gana más con tu despido que con tu permanencia, ponte en lo peor. ¿O no?


jueves, 6 de noviembre de 2014

Historia del Diablo que se metió a marido. Nicolás Maquiavelo.

Léese en las antiguas memorias de I las cosas florentinas como se supo de labios de cierto piadosísimo hombre — cuya vida admiraban cuantos en su tiempo la conocieron — que, ha­llándose absorto en sus oraciones, vio en éxtasis que de las infinitas almas de los míseros mortales que morían en desgracia de Dios e iban, por tanto, al infierno, pocas eran las que no iban renegando de haber to­mado esposa que a tan desdichado término las había llevado. De lo cual se mostraban sumamente sorprendi­dos Minos, Radamante y todos los  demás jueces del Averno, quienes, achacando a calumnia lo que los con­denados imputaban al sexo femenino y viendo que las quejas y maledi­cencias se convertían en clamor, die­ron cuenta de todo ello a Plutón. Éste resolvió, en consecuencia, some­ter el caso al examen de una asamblea de todos los príncipes infernales y tomar luego la decisión que estimasen más adecuada, para descubrir la fa­lacia o conocer plenamente la verdad de la intrigante coincidencia. Convo­cados, pues, a consejo, Plutón les habló de esta suerte :

— Aunque yo, amados míos, por disposición 'celeste y sino fatal del todo irrevocable posea este reino, y, por tanto, no se me pueda someter a consejo ni divino ni humano, no obs­tante, puesto que arguye mayor pru­dencia, en quienes más poder tienen, el someterse más a las leyes y acatar más el parecer ajeno, he determinado que me aconsejéis lo que debo hacer en un caso del que se podría seguir algún desdoro para nuestro imperio. Porque como todas las almas de los hombres que llegan a nuestros domi­nios alegan que la causa de venir a parar aquí ha sido la esposa, cosa | que a nosotros nos parece imposible, recelamos que si les diésemos crédito podrían tomarnos por cándidos, y si no los creyésemos, por demasiado severos o poco amantes de la justicia ; y como no quisiéramos merecer la censura que de cualquiera de ambos defectos nos habría de venir, y, por otra parte, no hallamos manera de eludirla, por eso os hemos llamado a capítulo, para que nos ayudéis con vuestro consejo y por él haya ocasión de que este reino se mantenga sin tacha en el futuro, como sin tacha se ha conservado hasta aquí.


A todos aquellos príncipes les pareció importantísimo y de suma con­sideración el caso, y aunque se mos­traron unánimes en que había que indagar la verdad, discrepaban acerca del procedimiento a seguir. Unos opi­naban que se debía mandar al mundo a un demonio, y otros, a varios, para que personalmente inquiriesen lo que había de cierto ; y no faltaban quienes suponían que sin tanto trastorno se podía llegar al mismo resultado, cons­triñendo a varias almas, por distintos procedimientos de tortura, a que lo revelasen. Al fin, como la mayoría se pronunció por el parecer de que se comisionase a un demonio, ésta fue la opinión que prevaleció. Y por­que no se hallaba ninguno que volun­tariamente quisiese pechar con el sambenito, acordaron que la suerte decidiese y la suerte se pronunció por Belfagor, un archidiablo que antes había sido arcángel. De mala gana éste se hacía cargo de la comisión, pero tampoco podía eludir las órdenes de Plutón, y, así, se dispuso a llevar a cabo los acuerdos del consejo y se comprometió a cumplir las condicio­nes que solemnemente habían sido fijadas. Estas condiciones eran : que en el acto se le entregasen al demonio comisionado cien mil ducados, con los cuales había de venir al mundo y, bajo apariencia humana, tomar es­posa y con ella vivir diez años, y luego, fingiendo morirse, volvería a los in­fiernos y podría informar a sus supe­riores, por experiencia propia, de las cargas e incomodidades del matri­monio. También se convino en que durante los diez años quedase el emi­sario sujeto a todas las miserias y enfermedades que aquejan a los de­más hombres, como la pobreza, la cárcel, los achaques y todos los demás infortunios por que pasan los morta­jes, a menos que con astucia o me­diante engaño lograse esquivarlos. Una vez que Belfagor se hizo cargo del dinero y prometió cumplir las condiciones, se presentó en el mundo y, provisto por los suyos de séquito y caballos, entró con gran boato en Florencia, ciudad que escogió entre todas, para residencia suya, por pare- i cerle la más apta para tolerar a quien con artes mohatreras emplease su di­nero.


Se hizo pasar por un tal Rodrigo de Castilla, tomó en alquiler una casa en el barrio de Ognisanti y, para que nadie pudiese descubrir su verdadera condición, dijo que de muchacho ha­bía salido de España para Siria, y que en Alepo había ganado toda su fortuna, de donde había venido a Italia a tomar mujer en tierras más amables y más conformes con sus gustos y con las costumbres civili­zadas.

Era Rodrigo un hombre hermosí­simo y que parecía andar por la trein­tena ; y como pronto dejó entrever cuán grandes eran sus riquezas y cuán benigna y liberal su condición, mu­chos vecinos que andaban tan escasos de dinero como sobrados de hijas, ! se las ofrecían. Entre todas ellas eligió i Rodrigo una bellísima doncella, lla­mada Honesta, hija de Amérigo Do- nati, que aún tenía otras tres mucha­chas y tres hijos varones, las primeras muy cerca ya de la edad de tomar marido ; así que a pesar de ser hom­bre de nobilísima cuna y de mucha cuenta en Florencia, con tantos hijos y tanta nobleza, venía a ser pobrísimo. Fueron las de Rodrigo unas bodas lucidísimas y rumbosas, en las que no se omitió nada de cuanto en tales fiestas se pueda desear ; y como, en virtud de las condiciones que al salir del infierno le habían sido impuestas, estaba sujeto a todas las pasiones humanas, al punto em­pezó a sentir el halago de las honras y pompas del mundo, y a ambicionar que la gente lo tuviese en mucho, lo cual le acarreaba no pocos gastos. Por si esto no bastase, al poco tiempo de vivir con su señora Honesta se hallaba tan locamente enamorado de ella, que apenas la veía triste o dis­gustada, ya no podía vivir él.

Madama Honesta había aportado a casa de Rodrigo no sólo su nobleza, sino tanta soberbia con ella, que al mismo Lucifer dejaba tamañito, pues Rodrigo, que podía compararlas, así lo aseguraba ; pero lo peor de todo fue que en cuanto la mujer se percató del ciego amor que Rodrigo le pro­fesaba, aquella soberbia aumentó aún más, y pareciéndole que podía hacer de su marido lo que se le antojase, lo trataba sin miramiento alguno y se le imponía despiadadamente, lle­gando, si alguna vez le rehusaba alguna gracia, a motejarlo con pala­bras de las más villanas y mortifi­cantes. Esto tenía a Rodrigo disgus­tadísimo.

Sin embargo, el hombre pensaba en el suegro, en los hermanos, en toda la familia, en las obligaciones que el matrimonio impone y, sobre todo, en el mucho amor que tenía a su mujer,, y lo iba llevando todo con paciencia. No mencionaré siquiera los dispen­dios a que se veía obligado para com­placerla en lo tocante a modas y galas, en las que nuestros vecinos tan afi­cionados se muestran a la novedad ; diré sólo que, para que lo dejase en paz, no tuvo más remedio que ayudar al suegro a casar a las otras hijas, gastando en ello un buen pu­ñado de dinero. Luego, por seguir viviendo en armonía con ella, hubo de plegarse también a mandar a Oriente a uno de los cuñados con paños, a otro con brocados a Occidente, y al tercero ponerle un taller de batihoja en Florencia. En todas estas cosas se gastó la mayor parte de su fortuna. Además, por Carnaval y San Juan, cuando toda la ciudad arde en fiestas, según vieja usanza, y muchos nobles y ricos ciudadanos se obsequian con ¡ espléndidos banquetes, por no ser madama Honesta menos que las otras, quiso que su Rodrigo superase a todos los demás en la opulencia de la mesa. Por las razones que dejo dichas, lo sobrellevaba él y lo hubiese seguido aguantando aunque gravoso, si con ello se asegurase la tranquilidad de su casa y supiese que podía esperar en paz la hora de la ruina total. Pero lo bueno es que sucedía lo contrario, porque con los gastos exorbitantes la índole insolente de ella no hacía sino exacerbarse y procurarle mayores dis­gustos. En aquella casa no había criados ni criadas que la soportasen, no digo ya por mucho tiempo, sino ni siquiera por breves días ; de lo cual le venían a Rodrigo pérdidas cuantiosas, porque no podía contar con nadie de confianza que mirase celosamente por sus cosas. A tal punto llegaban en esto, que hasta los de­monios que por criados había traído consigo del infierno preferían volver a él y continuar ardiendo, antes que seguir en el mundo a las órdenes de tal mujer, cuanto más los otros criados.

Hallándose, pues, Rodrigo sujeto a una tan inquieta y tumultuosa vida, y habiendo consumido ya aquella desordenada existencia cuantos bienes le quedaban, empezó a vivir del cré­dito de las ganancias que de Oriente y de Occidente esperaba, y como aún gozaba de buena fama, tomó dinero a préstamo. Mas en cuanto le hubieron caído a cuestas bastantes letras, los que en estas cosas de giros y créditos andan no tardaron en po­nerlo en cuarentena. Estaba ya en situación sumamente precaria, cuan­do de Oriente y de Occidente llegaron súbitamente nuevas de que uno de los hermanos de Honesta se había jugado todo lo que tenía de Rodrigo, y que el otro, viajando en un barco cargado con sus propios géneros, se había ido a pique, sin dejar seguro alguno.

No bien se hizo pública la noticia de este desastre, los acreedores de Rodrigo se apresuraron a reunirse, y como a pesar de juzgarlo arruinado no podían aún proceder contra él por vía de justicia, ya que no había ven­cido el término de sus préstamos, resolvieron seguirle bien los pasos y no perderlo de vista un instante, para que no fuese a escapárseles de entre las manos de la noche a la mañana. Él, por su parte, no hallando remedio para salvar su situación y conociendo el rigor de las leyes infernales, deter­minó escapar a toda costa. Así, una mañana montó a caballo y como vivía cerca de la puerta que mira a la pradera, por ella salió. Apenas conocida la fuga, alborotáronse los acreedores y, recurriendo a los magis­trados, no sólo lanzaron en su se­guimiento a los esbirros, sino que or­ganizaron una especie de montería popular contra él. Aún no había de­jado Rodrigo la ciudad una milla atrás y ya sintió a sus espaldas el griterío, así es que, viéndose perdido, pensó en proseguir la fuga con ma­yores precauciones, o sea, en dejar el camino y seguir a campo traviesa; mas como las numerosas zanjas que por allí se encuentran no le permitían hacerlo a caballo, echó pie a tierra, dejó la cabalgadura en el camino y, amparado por los viñedos y caña­verales, tan abundantes allí, llegó, por Peretola, a casa de Gianmatteo del Bricha, colono de Giovanni del Bene, con tan buena fortuna que en aquel instante acababa de regresar a casa Gianmatteo, con pienso para los bueyes. Le encareció Rodrigo lo apurado del trance en que se veía y le prometió que si lo salvaba de manos de los enemigos que preten­dían hacerlo morir en la cárcel, lo haría rico, y antes de marcharse le daría tales pruebas, que no tendría más remedio que creerlo; y que si de ellas no salía airoso, que hiciese con él lo que quisiese, hasta ponerlo en manos de sus perseguidores.

Gianmatteo, aunque campesino, era hombre arriscado, y así, pensando que nada perdería por decidirse a sacarlo del atolladero, se lo prometió, y, escondiéndolo en una pila de es­tiércol que tenía delante de la casa, lo tapó con ramas y broza que había reunido para la lumbre. Acababa jus­tamente de cubrirlo y ya estaban allí los seguidores apretándolo a pre­guntas ; pero Gianmatteo no dejó, por más que hicieron, que le sacasen I del cuerpo la verdad, y ellos tuvieron I que seguir adelante y volverse, al I fin, cansados, a Florencia, después i de haber recorrido a sus alcances todo

aquel día y el siguiente. Gianmatteo, después que el rumor se extinguió a lo lejos, sacó del escondrijo al perse­guido y le recordó su promesa. A lo que Rodrigo dijo :

— Hermano, tengo contigo una gran obligación, de la que a toda costa quiero desempeñarme, y para que veas que puedo hacerlo muy bien, ahora voy a decirte quién soy.

Y le refirió su procedencia in­fernal, las condiciones que le habían sido impuestas al salir de aquellos antros y su matrimonio. Le contó, además, como iba a hacer para enri­quecerlo, que sería de esta suerte : cuando Gianmatteo oyese de alguna mujer posesa, había de saber que quien estaba en ella era el mismo Rodrigo, el cual no la dejaría hasta que aquél fuese a echarlo de allí. Con lo que le brindaba ocasión de hacerle pagar cuanto quisiese a los padres de la posesa. Y, puestos de acuerdo, desapareció de allí«el Malo ».

Pocos días después corrió por todo Florencia la nueva de que una hija de meser Ambruogio Amidei, casada con Bonaiuto Tebalducci, estaba en­demoniada. Excusado decir que sus parientes no dejaron de aplicarle cuantos remedios son usuales en seme­jantes casos, como el imponerle la cabeza de San Cenobio y el manto de San Juan Gualberto, de todo lo cual se reía Rodrigo. Pero, además, para que a nadie le cupiese duda de que la enfermedad de la muchacha era el mismo Enemigo y no cualquier otra cosa más o menos disparatada, ha­blaba en latín, dilucidaba cuestiones de filosofía y revelaba los pecados de muchas personas.

Con estas cosas tenía la gente ad­mirada. Mas el señor Ambruogio no descansaba, y después de probar sin éxito cuantos recursos se conocían, había perdido por completo la espe­ranza, cuando Gianmatteo fue a verlo y le prometió que salvaría a su hija si consentía en pagarle quinientos flo­rines para adquirir una granja en Peretola. Aceptada la oferta y la condición por meser Ambruogio, Gian­matteo, después de haber mandado decir unas misas y de ensayar algunos conjuros para dar cariz a la cosa, llevando los labios al oído de la en­ferma, dijo :

— Rodrigo, he venido a que me cumplas lo prometido.

A lo que Rodrigo repuso :

— Está bien, pero esto no basta I para hacerte rico. Así, pues, luego ¡ que me haya ido de aquí, entraré en

la hija del rey de Nápoles, Carlos, y de allí no saldré hasta que tú me lo mandes. Bastará entonces que te hagas pagar la cosa sin remilgos ; pero I luego no vuelvas a importunarme más. Con lo que dejó en paz a la mucha­cha, entre la admiración y alegría de todos los presentes.

No había pasado mucho tiempo de esto, cuando por toda Italia cundió la noticia de la desgraciada situación en que se veía la hija del Rey; y como éste no encontraba remedio y había llegado a sus oídos la fama de Gian­matteo, mandó por él a Florencia. Una I vez en Nápoles, el hombre, tras al- I gunos simulacros de conjuro,la curó.

Mas Rodrigo, antes de marcharse,| dijo :

— Ya ves, Gianmatteo, como cum­plo la promesa que te había hecho de enriquecerte; conque, descarga-

¡ do de mi compromiso, nada queda que me obligue contigo. Te guardarás, pues, muy bien de volver a ponér­teme delante, que si lo hicieres no I habré de ser menos generoso en ven- ¡ garme de ti que hasta aquí lo he sido en ayudarte.

Con esto, Gianmatteo volvió a Flo­rencia riquísimo, pues había recibido del rey más de cincuenta mil ducados, y pensaba disfrutar allí en paz de semejantes riquezas, persuadido de que Rodrigo no tendría la ocurrencia de meterse jamás con él. Pero esta confianza se vio pronto turbada por la noticia que a sus oídos llegó, de que Luis VII, de Francia, tenía tam­bién una hija con el demonio en el cuerpo. Tal noticia puso a Gianmatteo fuera de sí, al pensar en la autoridad ineludible de aquel rey y en las pa­labras con que Rodrigo se había des­pedido. En efecto, el Rey no halló manera de curar a su hija, y como oyese ponderar las facultades de Gian­matteo, mandó de primera intención a un mensajero suyo que lo llamase ; pero fue el caso que el llamado se re­sistió a acudir, alegando que no an­daba bien de salud, y en vista de ello el Rey hubo de recurrir a la Señoría, que obligó a Gianmetteo a obedecer. Salió él para París muerto de miedo, y lo primero que hizo fue cantar la palinodia de que si bien era verdad que tiempo atrás había curado al­guna endemoniada, no por eso podía



curarlas a todas, puesto que las habla tan rebeldes, que no temían ni ame nazas, ni conjuros, ni exorcismos; a pesar de lo cual, él estaba dispuesto a hacer todo lo que pudiese, y que pedía de antemano perdón si no tenía buena suerte en el intento. A lo cual el Rey, muy alterado, repuso que si no la curaba, lo haría ahorcar. Gran desaliento le entró con estas palabras a Gianmatteo; sin embargo, haciendo de tripas corazón, pidió que le pre­sentasen a la endemoniada, y acer­cando sus labios al oído de la paciente, se encomendó con toda humildad a Rodrigo, recordándole el apuro del cual lo había sacado y haciéndole presente que si ahora lo abandonaba en tan apretado trance, cometería la más negra ingratitud.

— ¿Cómo, villano traidor? ¡Conque todavía te atreves a ponerte delante de mí, eh! — repuso Rodrigo —. ¿Te figurabas que ibas a poder presumir de haberte enriquecido a costa mía? Pues, ahora vas a ver, y en ti los demás, como sé conceder las cosas

o quitarlas, según me place ; y a ti he de hacer que te cuelguen antes de salir de aquí, eso te lo juro.

Así las cosas, y viendo Gianmatteo que por aquel camino nada podía esperar ya, decidió probar su suerte por otro. Y al despedir a la embru­jada, le dijo al Rey:

— Como os he dicho, Señor, hay demonios tan malignos que nada se adelanta con ellos, y éste es uno. Voy, pues, a probar un último recurso, y si no fracaso en él, Vuestra Majestad y yo habremos logrado nuestro común deseo ; si, por el contrario, se malogra, en vuestras manos me tenéis, aunque espero que usaréis conmigo de la cle­mencia que mi inocencia merece. Mandarás, pues, levantar en la Plaza de Nuestra Señora un gran tablado, capaz para acoger a todos tus barones y a todo el clero de esta ciudad ; luego mandarás que lo engalanen con sedas y oro ; después harás disponer en su centro un altar, y el domingo por la mañana tú mismo, con todo el clero, con tus príncipes y tus barones, con toda la regia pompa y con vestiduras espléndidas, subirás a él y harás subir también a la endemoniada, des­pués que ante el altar hayan celebrado una misa solemne. Además de esto, quiero que pongas a cada lado de la plaza por lo menos veinte personas con trompas, cuernos, tambores, cor-

I namusas, platillos, címbalos y toda I suerte de instrumentos ruidosos, y les des orden de que todos a una hagan sonar sus artefactos en el momento en que yo me quite el sombrero y que, tocando así, se acerquen hasta el tablado, que éstos y otros recursos ¡ secretos espero que basten para ex­pulsar el mal espíritu de vuestra hija.

Dispuso el Rey todo tal como se lo había pedido Gianmatteo, y, llegada la mañana del domingo, lleno el ta­blado de grandes personajes y la plaza de ciudadanos, cuando se hubo cele­brado la misa, dos obispos y muchos nobles condujeron de la mano a la princesa. Cuando Rodrigo vio tanta gente reunida y todo aquel boato, dijo para sí, medio aturdido : « ¿Pero | qué será lo que habrá tramado el destripaterrones éste? ¿Se habrá fi­gurado que con esta pompa me ano­nada? ¿Ignora acaso que estoy acos­tumbrado al fausto celeste y a los ! horrores infernales? Pues yo le diré cuántas son cinco ». Y como Gianma- | tteo se acercase a cuchichearle que i por favor saliese de la hija del Rey, le

I contestó :

— ¡Hombre, me gusta tu descaro! ¿Qué es lo que esperas conseguir con toda esa carnavalada? ¿Imaginas tal vez que por ese ardid has de salvarte del enojo del Rey y del poder de mi mano? ¡Ya verás tú, bellacón, cómo al fin te mando a la horca!

Viendo que a sus más encendidos ruegos contestaba Rodrigo con in­sultos, resolvió Gianmatteo no seguir perdiendo el tiempo, y, quitándose el sombrero, hizo que toda aquella comparsa que estaba a la expecta­tiva avanzase hacia el tablado entre una tempestad de estruendos. A cuyo rumor Rodrigo prestó atento oído ycomo no supiese de qué se trataba, todo asombrado, preguntó a Gian­matteo. Pero éste contestó con aire desolado :

— ¡Ay, Rodrigo mío, qué apuro! La que viene hacia aquí es tu mujer, que anda en tu busca.

El trastorno en que puso a Rodrigo la noticia de que por allí andaba su mujer, fue cosa digna de verse ; tal fue, que, sin pararse a reflexionar si era o no posible o razonable que se tratase de ella, sin añadir palabra, salió despavorido, dejando a la prin­cesa libre, prefiriendo antes volver al infierno a rendir cuenta de susactos, que no seguir soportando la coyunda matrimonial con todas sus pequeñeces, sus discordias y sus peligros.

Así fue cómo Belfagor, de nuevo en los infiernos, dio fe de las desdichas que en una casa ocasiona la mujer.

Y Gianmatteo, que había sido más listo que el diablo, regresó a su casa muy contento.



jueves, 14 de agosto de 2014

Renta básica incondicional. ¿Para ciudadanos o para residentes?

No me voy a meter ahora en eso de quién paga la renta básica incondicional, ni en si es viable, ni en sí fomenta o deja de fomentar el trabajo de calidad o la vagancia de alta gama. Para todos esos debates, en ambos sentidos, hay argumentos de sobra.

Lo que quiero preguntar, al tiempo que me lo pregunto, es quienes serán sus receptores, porque hay consecuencias en ambos casos.

-Renta básica para ciudadanos: 

Con ese sistema, los perceptores de la renta básica serían aquellos que tuviesen la nacionalidad española y una cierta edad, que puede ser desde dos días a cualquier otra que se determine. 
El efecto secundario de este procedimiento es que se crea una brecha gigantesca entre el nacional y el extranjero, de manera que el nacional parte, cada mes, con digamos quinientos euros de ventaja sobre el extranjero.
La consecuencia directa de esta brecha será que, al producir la renta básica una cierta cantidad de inflación, el inmigrante vivirá cada vez peor y tendrá que trabajar cada vez más para poder disponer del mínimo, o sea, para poder alcanzar a lo que un español recibe cada mes por el solo hecho de serlo.

El español podrá rechazar muchos más trabajos que antes, pero el extranjero tendrá que aceptar muchas más porquerías que antes, pues la natural subida de precios lo pondrá en una situación verdaderamente precaria.

Por tanto, y en resumen, este método conduce a la generación de una sociedad de castas y a un sistema absolutamente esclavista contra los residentes sin nacionalidad española.

-Renta básica para residentes:

En principio suena bien y permite evitar los problemas descritos en el apartado anterior, ¿pero alguien es capaz de imaginar el efecto llamada que eso produciría? ¿Qué pasaría en medio mundo cuando se corriera la voz de que en Europa hay un país en el que te pagan un salario sólo por vivir allí? 
Sólo se trata de entrar, de aguantar un tiempo, aunque se escondido, de casarse con alguien de allí o lo que sea, y después te pagan un sueldo todos los meses sin preguntarte nada más.

Lamentablemente, la avalancha sobre nuestras fronteras sería absolutamente insoportable y la presión sobre nuestras finanzas, totalmente inasumible.
¿A cuántos se les permite la entrada? ¿?A uno, a diez, a un millón, a diez millones? ¿Dónde está el límite? ¿realmente creemos que podemos dejar entrar a todos los que quieran?

El problema es realmente complejo.

¿Cual es vuestra opinión?

jueves, 2 de enero de 2014

La utilidad social del Diccionario Madoz a día de hoy

Portada de un tomo del Madoz


Cuando a un grupo de chiflados se nos ocurrió poner a disposición de todos el viejo diccionario Madoz colgándolo en internet, pensamos que se trataba de un simple proyecto cultural, sin más pretensión que recuperar esa monumental obra, en la que se describen con pelos y señales todas las localidades de España, independientemente de su tamaño.

Supongo que la mayoría ya habéis oído hablar del Madoz, pero no se puede uno imaginar lo que es semejante monstruo hasta que no se estudia de cerca: pueblos , aldeas, y hasta caseríos apartados con sus habitantes, la actividad a que se dedican, los recursos que hay cerca, lo que produce la tierra y a menudo hasta las enfermedades más frecuentes. En algunas entradas aparecen incluso largas reseñas históricas sobre la historia de la localidad o quién paga al cura y al maestro. Todo, eso sí, de 1845.

Luego, con el paso del tiempo, hemos descubierto que a nuestra web no sólo entran curiosos que quieren saber de la historia de su pueblo sino, y a veces mayoritariamente, gente que utiliza este recurso para algo tan práctico y tan actual como localizar la parroquia donde puede estar archivada la partida de bautismo de algún antepasado, algo fundamental para poder solicitar la nacionalidad española o regresar a España después de varias generaciones.

Al final, lo que parecía una curiosidad con olor a rancio, ha resultado ser la última oportunidad de averiguar dónde pueden estar esos papeles de los que nadie ha conseguido dar noticias, porque enlazar los datos del pasado (lo que recordamos del bisabuelo o lo que decía una carta suya) con los del presente no es cosa simple. 

Curioso, ¿verdad? La historia tiene estas cosas.

Por cierto: si alguien quiere buscar su pueblo, el diccionario está en www.diccionariomadoz.org