jueves, 19 de agosto de 2010

El viejo que ponía tiritas a las zarzas

Agavanzal o escaramujoAhora, como por distintas razones he acabado yo en otro pueblo, sé que no eran zarzas, sino agabanceras, a las que en otros sitios les llaman también escaramujos, pero os cuento la historia de todos modos.

Antes de que se pusieran de moda los viajes al extranjero, los apartamentos playeros en multipropiedad y las escapadas de fin de semana, las vacaciones se pasaban en el pueblo. O al menos eso hacía mi familia y la de todos los demás chavales que conocía.

Una vez, en Semana Santa, mientras jugábamos al fútbol en las eras, vimos a un viejo sentado junto a una zarza. Era Zacarías, el panadero, del que siempre habíamos oído decir que estaba un poco mal de la cabeza. Ahora me da un poco de vergüenza contarlo, pero a veces nos reíamos a su costa y le gastábamos bromas de todas clases.

Al verlo allí sentado, todos, cada uno por su lado, empezamos a maquinar la manera de divertirnos a su cuenta, pero estábamos jugando un partido contra los del pueblo de al lado y durante más de una hora no le hicimos caso a Zacarías.

Cuando acabó el partido, que no recuerdo si ganamos o perdimos, allí seguía el viejo junto a la zarza, acariciándola y hablando con ella. En aquella época no podía haber moras todavía, así que nos acercamos a ver lo que estaba haciendo, y entonces fue cuando de veras me convencí de que tenía que estar loco, porque aunque era él quien se pinchaba las manos, no hacía más que cubrir la zarza de vendas y tiritas.

Le preguntamos qué estaba haciendo, y nos dijo que estaba curando las heridas de las zarzas para que se volvieran buenas. Seguro que dijo alguna cosa más, con aquel tono suyo, entre solemne y bromista, pero sólo me acuerdo de que nos marchamos de allí riéndonos, haciéndole burla y diciendo que estaba como una cabra. Nadie en sus cabales podía pasarse la tarde bajo el sol poniendo vendas y tiritas a una puñetera zarza.

Eso fue todo de momento, y la historia no hubiera pasado de una simple extravagancia de no ser porque un par de años más tarde vimos las zarzas cubiertas de rosas y mi abuela me dijo que seguramente alguien se había entretenido injertando de rosales las zarzas.

Lo mismo, más o menos, les dijeron a los otros, y cuando volvimos a ver a Zacarías ya nadie se atrevió a reírse.

Zacarías murió hace años, pero las rosas ahí siguen, festoneando de rojo las tapias de todo el pueblo.

Poner rosas en el propio jardín lo hace cualquiera. Lo de Zacarías era otra cosa.

1 comentario:

  1. [...] El viejo que ponía tiritas a las zarzas www.quintopino.org/sociedad/el-viejo-que-ponia-tiritas-a-las...  por Javert hace 3 segundos [...]

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