martes, 31 de agosto de 2010

La felicidad como vocación

Hoy me ha llegado este correo. Mientras averiguo quién me lo envió, lo comparto con vosotros:
A medida que avanzamos entre sonrisas hipócritas, entre miradas llenas de codicia o de deshonestidad, entre manos interesadas, más nos decepciona la mediocridad de la existencia.
Rápidamente nos damos cuenta de que ya sólo nos quedan, sólidas y eternas, las alegrías que nacieron en nuestro corazón de niño.
Entonces es cuando nos hicimos felices o desgraciados para siempre.
Si nuestra infancia fuera tranquila y dulce como un inmenso cielo dorado; si hemos aprendido a amar
Y a darnos a los que nos rodean; si hemos gozado desde pequeños del encanto que emerge del cielo y de la luz, del árbol y de la flor, de la naturaleza que nos envuelve en perpetua metamorfosis; si nos han modelado un corazón sencillo, como la mirada de los animales, ingenuo como la mañana, humano, sensible, bueno, abierto al querer verdadero y fragante, entonces, la vida será para nosotros hasta el final de los caminos llenos de barro y de piedras, como un cielo que nos guía, luminoso y eficaz, a través de los pasos peligrosos.
Hay siempre una vocación de la felicidad. Podemos después desarrollarla o ahogarla: pero existe.
Si formamos a los niños, con sencillez, si los hacemos amar las alegrías profundas y elementales, avanzarán por la vida conservando en sus ojos la luz de la vida interior, equilibrada, sin sobresaltos.
Pero si deformamos su infancia, si los niños han oído o visto demasiado, si los dejamos arrastrar por el torbellino vital, si los años de una niñez en calma no han fortificado en ellos la frágil dicha de su inocencia, entonces su vida será lo que ha sido su infancia y en vez de irritarse ante el desorden, serán ellos mismos desorden. Como sus gustos, sus sentimientos, sus pensamientos, fueron siempre inestables, estarán para siempre a la merced del vendaval de las turbias alegrías que consumen al alma y se escapan de nuestras manos y crean, a expensas del sufrir de los demás, el propio sufrimiento.
Después, es ya tarde para cambiar.
No se endereza el árbol endurecido. Todo lo más que podremos hacer para intentar que sea diferente es podarle. Cuando era joven, hirviente de savia, se le hubiera podido doblar con un dedo experto, orientarle y ayudarle a desarrollarse.
Cuando los niños parece que están jugando y mirando sin más al gorrión o a la alondra que pasan, cuando comienzan a hablar y a besar, cuando fotografían en su corazón, en su imaginación, él espectáculo exacto que somos los mayores, esa es la hora de poderlos modelar.
La vida no hará más que revelar la fotografía. Los ácidos de la existencia imprimirán en ellos las imágenes hermosas y pujantes o atormentadas y entristecedoras, que habíamos ofrecido a sus ojitos ávidos de curiosidad y a su corazón impoluto, como una hoja de papel.
Todo aquello de que les privamos por nuestro orgullo, por nuestra agitación, o ¡ay! por nuestras pasiones, todo ello tendremos que pagarlo cruelmente más tarde, viéndoles inquietos, insatisfechos el alma sin aliento o arrasada por nuestra grandísima culpa.

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