domingo, 5 de septiembre de 2010

El Cabo África y el racismo amable

[caption id="attachment_89" align="alignleft" width="300" caption="Trabajábamos en la construcción, pero el de la foto no es él."][/caption]

Cuando yo tenía veinte años, y de eso me temo que ya hace una tacada de tiempo, conocí a un guineano que se llamaba Valeriano al que le jodía con toda su alma que dijeran que era de color.  ¿De qué color? Preguntaba, con su perfecto castellano. Negro. Pues eso: soy negro. Negrísimo. Negro como el betún. Que me llamen negro no puede ser insulto. Lo que me molestaría es que me llamaran negro de mierda.

                Valeriano era un tío cojonudo al que le hacíamos coñas por ser negro igual que se las hacíamos al capataz por ser tartaja, o al conductor de la furgoneta por ser gallego o a mí por tener vértigo. Hoy en día nos podían meter en la cárcel por esas chorradas, pero en aquella época esas eran las cosas que fundamentaban la camaradería, porque todos estábamos fuera de casa y nos uníamos como podíamos.

                Para que veáis cómo estaba de repartida la estopa, me acuerdo de que Valeriano decía a veces que en la empresa él trabajaba como un negro y los demás trabajábamos como hijos de puta. Teniendo en cuenta que él era realmente un negro, la siguiente premisa dada por cierta parece evidente.

                Para vengarnos, o porque sí, un día que alguien encontró en una limpieza un cómic del Capitán América se lo dio a Valeriano, que era muy aficionado al cómic, y lo bautizó como el Cabo África, y con ese mote se quedó hasta que dos años después se disolvió la cuadrilla y nos fuimos cada uno por nuestro lado.

                No sé qué habrá sido del Cabo África, pero la última vez que supe de él, hace ocho o diez años, me dijo que había vuelto a su país y que allí se sentía como perdido, porque aquí era el negro, pero en Guinea todo el mundo es negro y  a él le pareció que eso lo convertía en nadie.

De él, sólo os cuento una más: una vez se ofreció al equipo de baloncesto local para sentarse en el banquillo, porque no sabía jugar, pero estaba seguro de que acojonaría un montón a los rivales. Y encima lo aceptaron y acabó aprendiendo a jugar... ¡y jugaba bien, el tío!

                Dos cojones, el Cabo África.

1 comentario:

  1. [...] El Cabo África y el racismo amable www.quintopino.org/sociedad/el-cabo-africa-y-el-racismo-amable/  por Javert hace 3 segundos [...]

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