martes, 12 de octubre de 2010

El fin del Humboldt (los fantasmas y los locos)

Nos fuimos quedando solos, el mar, el barco y nosotros. Poco a poco fue dejando de esperarnos en los muelles la carga que hasta entonces transportábamos: otros buques más rápidos o con menos tripulación ofrecían fletes más baratos. Otras fábricas manufacturaban más deprisa. En otros cafetales se pasaba más hambre. 

Nos fuimos quedando solos. Los bancos se cansaron de escuchar al armador y los prácticos de los puertos nos dejaban a menudo trasnochar en mar abierto. Amarrar cuesta dinero, y no había dinero a bordo. Ni en la oficina de la naviera. Ni clientes a la espera de nuestro regreso. ¿Pero qué tiene de malo dormir en el mar cuando no has cobrado aún la paga y en tierra firme sólo vas a poder pasearte con las manos en los bolsillos? Poco a poco, sin remedio, nos fuimos quedando solos.En Montevideo nos dijeron que no podríamos volver a España. La naviera había quebrado y el barco se vendería como chatarra. El capitán y los doce tripulantes volveríamos en avión. Tampoco teníamos dinero para el billete de vuelta y tuvo que encargarse de ello la embajada. Al principio se ocuparon de nosotros, pero luego se cansaron de aquellos marineros viejos y malhumorados que maldecían al mundo entero por la ofensa de tener que realizar en avión su último viaje. 

Y de nuevo, sin nadie que quisiera entendernos, nos fuimos quedando solos. 

Dormíamos en el barco. Comíamos en el barco. Bajábamos a tierra sólo a enterarnos de la ausencia de novedades. Se arreglaron al fin los visados y once marineros sufrieron la humillación de regresar en un vuelo chárter. El capitán se quedó: sentía que era su deber, también en aquel tipo de naufragio. Yo llevaba veinte años como segundo y me quedé con él. En el barco abandonado. Rodeados del eco, el óxido y los chirridos de metal mal avenido con la quietud de los puertos. 

Nos quedamos completamente solos. 

Dos semanas tardaron en arreglarse las diligencias para embargar el buque. Dos semanas de recibir con fingida entereza a los peritos y a los agentes judiciales como quien recibe al forense que está a punto de hacerle la autopsia a la madre, o a un hijo. 

Fueron las dos peores semanas que recuerdo. 

El capitán tardó tres en enfermar y cinco en morirse. Podría decir que murió de pena, pero no quiero poesías: murió de una angina de pecho. Los marineros se entierran donde el mar los arrastra: no tenía familia y no mandé repatriarlo. ¿Para qué y a dónde? 

Al barco y al capitán los llevaron al cementerio. 

Treinta barcos esperaban en una sucia ensenada el infierno del soplete. 

En una recia colina, once millas más abajo, encontré un pueblo de pescadores donde no pidieron nada por cavar una tumba para un marinero más. Para un marinero menos. 

Me quedé solo del todo. 

Entonces fui a la embajada y arreglé el viaje de vuelta. En el impreso había un espacio que preguntaba por mi profesión y escribí viajante de perfumería. Estuvo mal hecho, lo reconozco, pero no pude evitarlo. 

El día que me marchaba suspendieron mi vuelo. Se desató una tormenta que amarró a tierra por igual barcos y aviones. Hubo olas de quince metros y vientos de sesenta nudos. No me hubiese gustado nada enfrentarme a aquel temporal en mi barco; y en un avión, aún menos, así que me alegré del retraso y me quedé en el hotel, mirando llover a través de la ventana. 

La tormenta duró dos días y cuando iba a marcharme, me llamaron de la embajada. Era la funcionaria morena que simulaba comprendernos mientras nos aplicaba estrictamente el reglamento, pero en esta ocasión ya no se dirigía a mí como a un niño perdido en unos grandes almacenes: me hablaba como se habla a un mendigo después de saber que en realidad es un millonario disfrazado. O eso me pareció. 

Quise saber qué había pasado y me lo contó. Me lo contó tan bien que estuve seguro de que ya lo había contado cien veces y se preparaba para repetir la historia otras quinientas. 

Nuestro barco había desaparecido de la mugrienta ensenada donde esperaba su final. El fuerte oleaje había sacado varios buques a mar abierto y los había vapuleado a su antojo durante dos días. 

Cuando acabó la tormenta pasaron lista y remolcaron de vuelta a los barcos que faltaban. Sólo uno se había hundido; el resto fueron recuperados a distinta distancia, pero con el nuestro fue imposible. 

Nuestro barco había encallado, once millas más abajo, ante un recio promontorio, en un pueblo de pescadores, frente a la tumba del capitán. Reflotarlo costaría más de lo que valía su chatarra. Se quedaría allí hasta disolverse en óxido. 

Allí se quedaría cien, quinientos, o mil años. 

Aquello era el fin. Cogí el avión y regresé a casa. Con una sonrisa de un hombre que no sonríe y un poema de un hombre que no es poeta: 

 


Nos fuimos quedando solos


el mar, el barco y nosotros.



 O no tan solos, quizás, 


pues no están solos jamás 


los fantasmas y los locos.  


 

1 comentario:

  1. [...] El fin del Humboldt (los fantasmas y los locos) www.quintopino.org/historias/el-fin-del-humboldt-los-fant...  por Javert hace 3 segundos [...]

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