jueves, 25 de noviembre de 2010

A la memoria de un ángel (una historia romántica)

¿Habéis visto alguna vez una mariposa posada sobre el cuerno de una vaca?, ¿la habéis visto desplegar suavemente sus alas mientras la vaca rumia indolente su heno?

Así era ella sirviendo bocadillos rancios en aquel chiringuito de playa, en pleno auge de la temporada de masificación y quemaduras solares. Cuanto más hermosa parecía, más ridícula resultaba la caseta con sus anuncios, más grotesca la fila de latas frías y más grasienta la paellera.

Nunca supe si era la hija del dueño o sólo una empleada de paso, o si se trataba de una ni a bien jugando a pagarse por una vez el curso de idiomas en el extranjero. Tampoco sé de dónde vino ni qué fue de ella después de aquel único verano. Me hubiese gustado preguntárselo, pero nunca me atreví, quizás por no convertirla en realidad. Preguntarle por su vida hubiese sido como abrir voluntariamente los ojos en medio de un buen sueño, y nadie hace tal cosa. No me culpen.

No llegué a saber nada de ella. En alguna conversación informal, como por casualidad, me enteré de que hubo más gente que trató de conocer algún dato más sobre ella, pero no logramos averiguar más que su nombre y un par de vaguedades apócrifas, como que venía del norte y se alojaba en casa de un anciano con acento extranjero.

Al final, mis pesquisas se tuvieron que conformar con el magro resultado de que se llamaba Cristina, pero aunque han pasado los a os, casi veinte, y nunca volví a verla, a veces la recuerdo todavía como el que ha visto a un ángel o ha asistido a un prodigio capaz de hacerle cambiar su concepto y su visión de las cosas.

Y quizás haya algo de eso, porque cuando la recuerdo, casi sin rostro, con una coleta larga y brillante que bien podría haber sido una aureola desplegada, tengo la extravagante impresión de haber sido uno de los pocos privilegiados a los que les ha permitido contemplar de cerca una razón par no detestar este mundo y esta época que nos ha tocado vivir.

Aquella muchacha era la imagen viva de la alegría; su sola presencia era una especie de gozo capaz de la paradoja de alegrar cualquier día y a la vez transmitir a los hombres una especie de tristeza desasosegante: era imposible mirarla sin tener la sensación de que cualquier vida lejos de ella era una vida malgastada.

Nadie conoce el mecanismo que rige la creación de los recuerdos, ni por qué razón nos quedamos para siempre con el nombre de una marca de caramelos mientras el rostro de nuestra abuela se difumina poco a poco. Algo así me pasa con ella, porque por más que lo intento ya no soy capaz de verla detrás de aquel mostrador desgastado, sino caminando por la playa, al atardecer, con un estuche debajo del brazo. Siempre deseé seguirla, con la esperanza de ver salir un clarinete o una flauta travesera de aquella caja negra, pero nunca me atreví a tanto. Y no fue por temor a que ella me viera o por lo que podría pensar de mí, sino por lo que yo podría pensar de ella: cuando después de meses enteros de zozobras se alcanza el equilibrio emocional a fuerza de sangre, hay que tratarlo con mimo y no tentar a la imaginación. Quizás fuera por eso, por el momento en que la conocía, por lo que se fijó de tal modo en mi memoria. Seguramente han oído hablar ya de muchos casos de divorcio, y de cómo las promesas de amor se convierten en declaraciones de guerra, guerra total, sin prisioneros, donde lo que más interesa no es acabar con el enemigo, sino causarle heridos y mutilados que atesten sus hospitales, aterroricen a sus civiles y entorpezcan sus movimientos. No les aburriré con mi historia, ni expondré a su juicio mis razones ni las de mi ex-esposa: se lo cuento sólo para que entiendan cual era mi estado emocional y sean un poco comprensivos con esta peque a obsesión que aún me persigue.

Entonces, se lo aseguro, aquella muchacha era para mí como una aparición celestial, o al menos ese era el efecto que me causaba. traté de reírme, pero pronto comprendí que no había necesidad; si funcionaba contra la violencia y la ansiedad, era buena. Y funcionaba.

A eso de las ocho y media, cuando sabía que cerrarían el chiringuito, me daba una vuelta por la playa para verla alejarse. La miraba siempre a cierta distancia, en esa perspectiva que buscan los pintores para representar la perfección. La seguía con la vista hasta verla desaparecer entre la muchedumbre de ba istas, o tras alguna sombrilla, sin llegar a saber si iba al conservatorio a interpretar a Bach o a un garaje a ensayar un concierto con sus compa eros de grupo rockero.

La imagen de la esperanza es para mí la de una persona joven con un instrumento musical, pero ella no era sólo esperanza: parecía guardar en aquel estuche el último aliento de los disparates infantiles, la solución al laberinto que lleva desde lo que uno es en realidad a lo que quiso ser siempre, sin saberlo. Cuando caminaba por la playa parecía llevar en torno suyo algo como un vapor incierto del que emergiesen imágenes sin contorno, difusas, escapadas de un espejo empa ado por el tiempo. Cuando la veía dirigirse hacia el paseo, no era sólo una muchacha caminando por la playa, sino el paso de cualquier belleza por el mundo, liviana y pasajera: realidad convertida en alegoría.

Recuerdo una ocasión en que había menos gente que de costumbre haciendo cola frente al chiringuito y llegó el due o, un tipo gordo y calvo. Ella dijo que iba a darse un chapuzón rápido y empezó a desvestirse allí mismo, a la vista de todos. Por supuesto, llevaba el traje de ba o por debajo de la ropa, pero me sorprendí a mí mismo más pendiente de sus gestos que de su cuerpo, reconociendo, y por primera vez no sólo con la mente, que es más gratificante encontrar armonía que deseo. Luego la vi alejarse hacia el agua y lanzarse a la carrera hacia las olas; cuando me di cuenta de que la estaba mirando con demasiado descaro traté de volver a la realidad de aquel chiringuito repintado, peor los demás, los otros tres o cuatro clientes que esperaban, miraban en la misma dirección que yo.

En ese mismo sentido, aún guardo otro recuerdo de ella. Fue una tarde de calor, de bochorno entre risas y toallas apiñadas bajo una barahúnda de gritos infantiles y radios encendidas que se imponían al arrullo del mar. Aquella tarde hacía demasiado calor para buscar significado en nada que lo que nos rodeaba, de modo que el mar era solamente agua: ni horizonte sin fronteras, ni sensación de libertad, ni puerta hacia otros mundos exóticos y lejanos. Sólo agua y posibilidad de refrescarse.

Media docena de bañistas hacíamos cola para surtirnos de bebida en el chiringuito y alguien, un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo, un hombre que podría englobarlos a todos en la indefinición de sus rasgos, le dijo una procacidad a la muchacha. Ella ni siquiera se inmutó. Se limitó a poner la bebida sobre la barra y a esperar el pago. Pero los demás lo debimos mirar de tal modo que el hombre se retiró a toda prisa, mirando al suelo, sin recoger siquiera la bebida que había pedido.

Lo habíamos sorprendido escupiendo en la pila del agua bendita.

2 comentarios:

  1. [...] A la memoria de un ángel (una historia romántica) | www.quintopino.org/historias/a-la-memoria-de-un-angel-una...  por Javert hace 5 segundos [...]

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