miércoles, 1 de diciembre de 2010

El blog escrito desde Marte

Mijail Mijailovich Atanasiev es ruso, pero su nave lleva el emblema de la NASA y en su traje espacial luce una bandera azul con estrellitas que no es de ningún país pero significa, de todos modos, que detrás de ella hay un montón de gente aportando fondos y exigiendo responsabilidades de todo tipo.
Hay más símbolos por ahí desparramados, cuidadosamente olvidados por toda el área visible para las cámaras, pero a pesar de su aparente insignificancia, sus dueños dan tres veces más la lata que los de la banderita azul o los de las barras rojas y blancas. Al menos los de las banderas saben lo que les corresponde a cambio de lo que aportaron y no piden otra cosa.
Mijail piensa que seguramente se trabajaba más a gusto antes, cuando las misiones espaciales eran secretas y las respaldaban naciones a menudo enfrentadas entre sí. Porque las naciones creen en cosas como el honor y el prestigio, y son capaces de pelear a muerte por recursos naturales o dominios estratégicos, pero en cambio no se preocupan de conceptos como la imagen corporativa o el impacto en prime time, y no se ensañan con sus trabajadores por unos segundos más o menos de presencia ante las cámaras.
Y además, el secreto tenía otra ventaja: que cuando hacías algo que no se debía saber, nadie te molestaba, ni mucho menos te perseguía con una cámara o un micrófono en la mano. Eso sí que tenía que ser una maravilla. En una misión secreta, si la pifiabas, te formaban consejo de guerra y te fusilaban, pero no te incordiaban a todas horas mientras estabas trabajando.
Esto es lo que piensa Atanasiev mientras reposa unos instantes con los ojos cerrados, pensando qué dirá hoy a la Tierra.
Atanasiev es el primer ser humano en Marte. Ha tenido que soportar un viaje de varios años hasta su destino, y otro que le queda para regresar, si es que regresa, porque no tiene muy claro que los cálculos se hayan hecho correctamente, y la gravedad del planeta Marte no es moco de pavo para vencerla así como así con el combustible con el que ha llegado a su superficie. O a lo peor los cálculos se han hecho a la perfección y el único que no conoce los resultados exactos es él: los de la Agencia son capaces de haberlo enviado con sólo billete de ida para que construya la primera fase de la estación marciana; que la construya y luego que espere allí a que vayan a recogerle. O a que vayan a hacerle compañía. Porque el siguiente no tiene por qué ser el que vaya a buscarlo, sino otro idiota al que engañen como a él. Ojalá tuviesen el detalle de mandarle a una idiota, en ese caso.
Porque llegar no es difícil, relativamente, pero para salir hay que montar una plataforma, y realizar un despegue en unas condiciones muy determinadas de fuerza, angularidad y hasta posición en el espacio, porque la Tierra y Marte no siempre están a la misma distancia.
Para volver hay que realizar con éxito un despegue que necesita una gran fuerza de impulso, por mucho que Marte sea más pequeño que la Tierra. “Todo el combustible que lleves a bordo será un peligro para la maniobra de amartizaje”, le dijeron. Sí, genial. ¿Pero sin combustible cómo se vuelve? Lleva algún tiempo pensando en ello y le preocupa la escasez de combustible. La vaguedad de las instrucciones para la plataforma de despegue. Y además, hay demasiada comida en el almacén. Demasiada agua.
Lo van a dejar allí, los muy cabrones. Fijo. Lo van a dejar allí hasta que alguien vaya a buscarlo, si es que no surge una crisis en la Tierra y los fondos se necesitan para otra cosa: para la lucha contra el calentamiento global, por ejemplo. O para un nuevo modelo de teléfono portátil, con más probabilidad aún.
Lo van a dejar allí.
Pero eso ya se verá. Faltan todavía dos años para el momento del regreso. Hasta entonces, tiene que trabajar sin descanso en la construcción de la primera colonia y escribir el blog, o la bitácora, que ni en la denominación se ponen de acuerdo los protocolos de instrucciones. La misión hay que financiarla, y hay que ilusionar a los humanos con la posibilidad de una emigración masiva a Marte. Uno de sus principales tareas es escribir un blog, una especie de diario electrónico, donde explicar cómo se vive en el planeta rojo y publicar fotografías y experiencias.
Lo último que le dijeron, tres semanas atrás, fue que tenía alrededor de mil quinientos millones de visitas diarias en su bitácora.
Mil quinientos millones. Menuda animalada. Y todos pendientes de lo que siente el primer hombre en Marte, de sus pequeñas vivencias e inquietudes, de los problemas cotidianos y los inconvenientes con los que no se contaba.
Tiene que convencer a la audiencia de que los problemas se van solucionando poco a poco, con esfuerzo y con tesón, como un pionero de los tiempos de las tierras vírgenes. Tiene que parecer una gran aventura, en vez del trabajo duro y rutinario que es realmente. Tiene que caer simpático y hacer que la Humanidad se interese. Tiene que convertir la emigración en una posibilidad agradable, y hasta deseable, una posibilidad que se tenga en cuenta como una más en el momento de decidir qué se va a hacer en la vida o dónde se va a ir a trabajar. Tiene que satisfacer a toda esa gente, darles su ración diaria de mito y héroe, de exotismo y aventura.
Pero no se le ocurre nada. Se pone ante el teclado y no se le ocurre nada.
Vivir en Marte es como vivir en cualquier otro lado, porque te llevas contigo todo lo que eres. Y Atanasiev es astrofísico, no escritor, y después de tres días se hartó de los amaneceres marcianos, y después de cuatro empezó a sentirse como un pez en una escafandra, observado por millones de ojos, y además obligado a saludar con la mano porque en la tienda de mascotas lo vendieron como pez sociable y no debe dejar mal a su patrones.
Sabe que de su habilidad para crear simpatías en la Tierra puede depender que no se atrevan a abandonarlo en aquel cochino pedrusco rojo; sabe que si logra suscitar adhesiones habrá una posibilidad más de que no se atreverán a abandonarlo allí con cualquier pretexto, y que el coste económico de ir a buscarlo sólo se sufragará si es menor que el coste político de prolongar indefinidamente su misión. Sabe todo eso y no le sirve de gran cosa repetírselo de nuevo: por más que se esfuerza en pensar algo que decir, no se le ocurre nada.
Mil quinientos millones de seres humanos miran a diario una pantalla en busca de sus experiencias, en busca quizás de apoyo o compañía, y el caso es que a él le importa un carajo toda aquella maldita legión de fisgones, porque se siente solo, y la radio no le hace compañía, y el conocimiento cierto de que figurará en las enciclopedias del futuro ya no le parece recompensa por la que merezca la pena ni siquiera bostezar, y la desconfianza de que no va a poder volver pesa más que toda la vanidad y todo el orgullo de ser precisamente él quien ha dado el gran paso para la Humanidad. A la Humanidad le pueden dar por el saco, haciendo el pino y sobre un pódium olímpico.
Se sienta ante el teclado y saluda al blog. Sabe que si dice algo inconveniente se lo censurarán. Demasiada audiencia para permitir que un sólo tipo tenga tanta influencia sobre la opinión pública. Debe de haber un equipo de cien psicólogos, sociólogos y politólogos revisando a diario lo que envía.
De pronto, sonríe: cree haber encontrado la salida: los días que no tenga nada que decir, bastará con soltar impertinencias y ya se buscarán alguien allí abajo que escriba lo que no ha escrito él. Que escriba lo que la gente quiere leer. ¿No se ha hecho eso siempre en todos los medios? Pues que empiecen también con el marciano; que digan lo que quieran por él y que no fastidien.
Sí. Eso es. Él ya está en esa mierda de roca enrome que tanto interesa a los humanos porque se cargaron su propio planeta. Él ya ha cumplido su parte. La crónica que la redacte si quiere el que no ha hecho el viaje. Como siempre. Como Julio Verne, que no salió de casa en toda su vida.
Empieza a teclear.
«Hoy estoy hasta los huevos. Trabajar a solas en un sitio donde no hay nadie más en un millón de kilómetros a la redonda es una porquería insoportable. El que espere encontrar una vida nueva en Marte que se venga acá con otro cerebro, porque no es posible cambiar nada si no cambiamos nosotros.
Esto es una mierda, como cualquier agujero de Siberia, de Alto Volta o de Arizona.
Esto es una puñetera mierda, y además sin la esperanza de encontrar una sonrisa en la camarera que te sirve una cerveza, o un buen cantante en una bar de carretera.
Esto es la gran boñiga sin esperanza y sin sorpresas.
Esto es como soñar que caminas sobre los raíles del tren mirando al horizonte, pero sabiendo que caminas sobre el transiberiano y no te despertarás hasta que hayas llegado a Vladivostok.
Esto es levantarse cada día porque sí, y trabajar, y no saber por qué trabajas, y volver a la cama cansado pero sin ganas de dormir. Justo como a veces pasa en la tierra.
Esto como el tormento de aquel griego al que castigaron los dioses por haber robado el fuego, pero en versión para ateos: sin acrópolis, sin Homero que lo cante, ni Herodoto que lo glose ni Sócrates que lo entienda.
Esto es, y al fin lo digo, como una vida cualquiera, pero solo. Como un trabajo cualquiera, pero lejos. Como un destierro cualquiera, pero sin culpa.
Creedme, amigos: no vale la pena ir a ninguna parte. Si lo que buscas no está a tu lado es que es un cepillo de dientes de modelo raro o alguna otra chorrada por el estilo. Si se trata de algo importante, seguro que lo tienes junto a ti o no está en ninguna parte.
Por hoy, vale. En Marte también hay días chungos.»
—Ya está. Que escriban ahí abajo lo que quieran —se dijo Atanasiev, mientras enviaba el documento.
Pero no le censuraron. Se publicó tal cual y la audiencia de su blog subió a dos mil millones.

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