martes, 26 de abril de 2011

La ropa de la mujer muerta

¿Qué piensa una mujer que pasea bajo la lluvia con el abrigo de una muerta?

No lo sé. No logro adivinarlo.

Cuando  se puso la gabardina de Sara, no sólo le estaba diciendo a su marido que lo suyo no era una aventura pasajera: le estaba rogando, suplicando a gritos que la amara con el mismo amor sin medida con que había amado a la esposa que siempre fue distante con él.

Sabe que está en el lugar de otra, y en vez de disimularlo deja claro que acepta y desea ese lugar. No teme a la sombra de la otra porque se siente fuerte: ella está viva, está allí y está dispuesta a dar todo lo que la otra negó.

La lluvia arrecia y la mujer que conozco y vi por la ventana se aprieta la gabardina agarrando las solapas. Huele el tejido y cree encontrar el vestigio de un perfume. Parece que se estremece, pero no recordando a la otra, sino pensando en sí misma. No siente esa ropa como una conquista, sino como un peculiar uniforme que la alista en la causa de las sombras.

Los vecinos pensamos que después de tantos años veríamos una novela rosa y nos hemos encontrado una historia gótica. Y ella  es la heroína, bajo la lluvia, caminando por calles desiertas vestida con la ropa de una mujer muerta.

Pero camina tranquila. Sin miedo a nada. Los fantasmas no temen a los fantasmas.

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